Un peregrino con prisa

Un peregrino con prisa, pensé. Iba en un vuelo de Iberia de Jeddah a El Cairo repleto de peregrinos egipcios que volvían de La Meca con sus inevitables fardos, maletas y garrafas de agua bendita del Zam Zam (el manantial que circula por el subsuelo del Haram o centro de oración de La Meca y del que no solamente los peregrinos usan en agua para las abluciones antes de efectuar sus rezos, sino que beben de sus grifos y se llevan  de recuerdo a sus casas para seguir bebiendo las bendiciones de ese potentísimo centro de energía).

Cuando faltaban los veinte minutos de rigor para tomar tierra el avión comenzó en descenso, e inmediatamente, como si se tratara de viajeros de un autobús que ven llegar su parada a un kilómetro, se levantaron, cogieron sus fardos y garrafas y fueron hacia la puerta. Yo tuve que esconder como pude la carcajada por la cara de espanto del personal de cabina al verse venir encima aquella procesión de humanidades en atuendo blando del peregrino dispuestos a hacer cola ante la puerta doble del avión. Azafatas, sobrecargo y resto de la tripulación tardaron tanto en convencer a los impacientes que el avión tomó tierra apenas lograron hacer sentar al último no sin llenar la cabina de improperios en argot del Alto Egipto, quejándose de la incomprensión de los infieles para con sus necesidades cotidianas.

Yo viajaba con un cliente al que también le cuesta entender el carácter de los árabes y me sorprendió que no hiciera ningún comentario sarcástico sobre aquella anécdota, sino por el contrario permaneció en silencio y con semblante taciturno, lo cual no era precisamente lógico dada la cómica situación reinante, y dado su carácter frecuentemente socarrón. Y solo entendí ese comportamiento cuando íbamos ya en el autobús que nos llevaba del avión a la terminal en que sin dejar de mirar a los peregrinos y sus garrafas, murmuró por lo bajo: “Me recuerda Lourdes”. Me giré; en su mirada no había un solo destello de burla o fastidio, sino de respeto por aquella devoción, y en ese momento, sin perturbar mi silencio de observador, recordé que años atrás me había comentado como llevaron a su hijo enfermo a Lourdes y se trajeron garrafas del agua de ese manantial para prolongar todo lo posible aquel peregrinaje.