Algunos creen que los árabes tiran el dinero
Otra de las equivocaciones del occidental neófito en hacer negocios en Oriente Próximo es creer que para los árabes el dinero no tiene el mismo valor que para nosotros. Deslumbrados por la exhibición de lujo y dispendio que exagera la prensa poco informada, creen que no saben distinguir lo que es disfrute personal del planteo de los negocios. A esa prensa poco informada debería recodársele que los árabes son ante todo un pueblo comerciante y que por lo tanto conocen muy bien el valor de dinero, tanto o más que nosotros. Valga el siguiente ejemplo:
Un industrial conocido mío arruinó un buen negocio a las primeras de cambio y de la manera más tonta. Yo le había transmitido la propuesta de un empresario saudí amigo mío para crear una sociedad mixta que debía dedicarse a la fabricación de materiales de construcción en Riad. Desde Barcelona habíamos puesto las líneas generales del negocio sobre la mesa y como yo no iba a participar en él simplemente cedí el tema diciéndole que se pudiera en contacto con el saudí para agendar una visita a Riad. El siguiente paso era conocerse en persona y comprobar si lo que teóricamente parecía bastante rentable lo era también en la práctica, es decir que ambas personalidades podían encajar bien para crear una empresa mixta de éxito en la que ambos socios estaban dispuestos a invertir y arriesgar para beneficio futuro.
Pues bien, lo primero que se le ocurrió al español en la conversación que debía fijar la fecha de su viaje fue preguntarle al saudí si iba a enviar el billete o bien una transferencia por su valor, es decir, daba por supuesto que el saudí le iba a pagar el viaje.
Naturalmente el saudí, sin abandonar su tradicional cortesía, le contestó que ya le llamaría para ultimar los detalles.
Un par o tres de semanas más tarde el empresario español me llamó para decirme que no había recibido ninguna noticia del saudí. Yo ya me había olvidado y en una de mis habituales conversaciones telefónicas con mi amigo saudí me interesé por aquel proyecto. El me preguntó sencillamente si conocía bien al empresario español. Le contesté que no mucho, que me había puesto en contacto con él respondiendo a su petición de buscar un socio español para el proyecto. Entonces me contó lo sucedido y yo me disculpé en nombre ajeno lanzando la suposición de que el español probablemente no se había hecho entender y que no quiso dar por supuesto que mi amigo debía pagar el viaje. A lo que éste respondió riendo: “Juan, el inglés de ese señor es mejor que el mío, que, como sabes, me gradué en Oxford”.
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